La Valenti: una peña para dejarse conmover

El viernes 16 de octubre, La Valenti trajo su peña a Chauvin. Una guitarra, un cuaderno en lugar de lista de temas y 130 personas sentadas en alfombras.

La sala está casi a oscuras. La Valenti empieza a cantar sin presentación, acompañada solo por la guitarra de Juan Mauro, y su voz alcanza para llenar Chauvin, un soundroom del barrio con el mismo nombre, en Mar del Plata. Nadie habla. Es un silencio de atención, el que se le hace a una sirena. O a una capitana.

La peña nació en un bodegón de Buenos Aires, que según cuenta la artista cierra para siempre al día siguiente de este show. Lo dice entre canciones, sin dramatismo, y la noticia se queda en la sala. Ella iba a cantar allí, y de ese encuentro salió esta propuesta que llega por primera vez a Mar del Plata: un recorrido por canciones del patrimonio latinoamericano escritas o interpretadas por mujeres.

Abre con “Alfonsina y el mar”. Arranca la guitarra, el público se inclina un poco hacia adelante y, en lo más alto de la emoción, un ataque de tos interrumpe la canción. Aparecen las risas y nadie se incomoda. La solemnidad se rompe y esa es la lógica de la noche: lo que pasa en la sala entra en el repertorio.

No hay lista de temas a la vista. Hay un cuaderno, que La Valenti consulta entre canción y canción. En algún momento pide más luz para poder ver a su público, que está amuchado, sentado en las alfombras, a pocos metros. Que quiera mirar a quienes la escuchan dice cómo entiende el formato: una peña es una conversación con guitarra.

La invitada es María Morgade, artista marplatense a quien conoció apenas dos días antes. Se cruzaron, se reconocieron y la invitó al escenario. Interpreta “Pasará”, de su primer disco, que presentará el 5 de diciembre, y en algún punto aparece una frase que parece escrita para la ocasión: “De milagro nos tenemos”.

“Hoy sonrío lo que ayer pude llorar”, sigue cantando María. Se me humedecen los ojos y alrededor otras personas también parecen dejarse llevar. No sé si una voz alcanza para revelar la bondad de alguien. Esa noche, en las dos, algo de eso sentí.

Fotos: @agus.idiart

Llega uno de los momentos favoritos de La Valenti: “Acuario” y “Puchito”. Esta vez necesita al público, les pide que canten con ella y la sala responde con un coro que parece ensayado. “Prefiero enamorarme, si morir me voy a morir igual”, canta en “Acuaria”, y la sala asiente, como si esa certeza fuera de todos.

La Valenti viene de Neuquén. Cuenta que, cuando ideó su álbum La Capitana, le pidió la música a un amigo, casi como quien solicita un crédito para que una idea pueda empezar a navegar. Otra de sus canciones se llama “Volver al sur”. En uno de los silencios entre temas, alguien grita: “¡Aguante la educación pública!”. Ella, formada desde chica en escuelas públicas, recoge la frase y la devuelve alzando la voz en defensa de ese derecho. “Solo algunas cosas las puedo decir cantando”, dice, y sigue con “Santa Apócrifa”.

Hacia el final vuelve el deseo con “Quiero irme con vos”. La canción termina y el público pide otra, a coro, hasta que La Valenti vuelve para despedirse con “Chaca”. Para sostener una noche así hacen falta dos cosas, la guitarra de Juan y su voz, y alcanzaron.

Afuera sigue la noche marplatense. Al día siguiente, el sábado 17, en Buenos Aires, un bodegón baja la persiana por última vez.

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