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Dos escenarios, un solo plan: Festival de la primavera

Suena Madonna y el escenario del CCAVE ya está montado: de fondo se proyecta “Festival de la Primavera” en un verde chillón, con una tipografía que gotea, como derretida. Hace frío, pero no tanto como para arruinar el plan. Es sábado a la noche y el festival vuelve a tomar el centro cultural en su edición 2026.

Ya en el patio de ingreso, la primera postal es la de los feriantes, accesorios, libros, stickers, y los grupos de amigos y amigas que charlan con un aperitivo en la mano, abrigados a tono con la noche. Adentro, el público se va acomodando de a poco frente al escenario.

A las 21:10 abre Fiasco, primera banda de la noche. Su rock progresivo se apoya en el bajo y los sintetizadores, mientras guitarra y batería aportan una sutileza que se va acentuando canción tras canción. La lírica, poética, se permite algún gutural. Para entonces, el público ya terminó de entrar a la sala.

A las 21:50, la propuesta se traslada al jardín con Aquí Lobito, abriendo ese sector: un pequeño escenario decorado de manera particular, con maniquíes teñidos de ese mismo verde chillón que aparece proyectado en el escenario interno, como si fuera el color distintivo de la noche, y también luces de neón. Un cantautor solista, guitarra en mano, que se autopercibe como una voz del rock adulto. Sus letras hablan de la vida cotidiana y se cruzan con referencias al rock nacional. Canta y baila arriba del escenario mientras empieza a lloviznar.

De vuelta en el escenario, a la espera de la próxima banda, el público baila al son de la música digna de boliche de los años noventa, con clásicos como “Blue (Da Ba Dee)” de Eiffel 65, “Be My Lover” de La Bouche e “I Want It That Way” de Backstreet Boys. Es un intervalo raro, casi cómico, entre banda y banda: la sala se convierte por diez minutos en pista de baile ochentosa antes de volver al rock.

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A las 22:50 comienza a tocar Panal, banda de reggae con una propuesta distinta a la que suele ofrecer el género: al frente, una vocalista de voz avasallante que domina el escenario sin necesidad de moverse demasiado. Con la sala llena, el público baila al ritmo de letras que combinan español e inglés, y el reggae se mezcla con algo más cercano al pop, sin perder el groove que sostiene todo el set. Es el momento en que la noche empieza a sentirse llena, con el aire caliente adentro y frío afuera.

A las 23:45, el jardín recibe a Julián Chamut, con poesía y bandoneón. Su propuesta de tango trae una sintonía relajante, un contrapunto casi silencioso frente al reggae que todavía resuena del otro lado. El clima se pone aún más frío y sigue lloviznando, y el público que se queda ahí afuera lo hace por elección: no hay apuro, hay algo parecido a la contemplación. Cada banda toca aproximadamente siete temas por bloque, alternando entre el escenario interno y el externo. Con el correr de la noche, el público, hasta entonces mayormente de mayores de treinta años, empieza a sumar un grupo etario más joven.

A las 00:00, el público se prepara para la apertura de Hombre Pie. 15 minutos después se abre el telón y suenan los primeros acordes: la banda, vedette de la noche, hace que el público se acerque hacia el borde del escenario. Con seis músicos en escena y un presentador de look andrógino y extravagante, con estética glam, la audiencia baila y canta a coro.

Sus canciones, enmarcadas en un rock bien potente con tinte de flamenco y reggae, se despliegan en una performance en vivo con letras atrevidas y provocativas que incendian al público, en su mayoría de género femenino. A mitad del show, Joaquín, cantante de la banda, invita a Tomás Lombardo para tocar juntos “Son Días (Al lado de mí)”; después se hace silencio y el público corea “El Hombre Pie”. La banda está presentando temas de su nuevo álbum de estudio, Lo que pasaba mientras dormías.

A la 1:15, en el jardín, Luciana pone punto final a ese escenario cantando a capela. Su voz, cálida y envolvente, cierra el circuito del espacio externo justo cuando la llovizna, después de horas, por fin amaina.

Alrededor de la 1:45, en el escenario, sube la última banda de la velada: Semilla y los Animales. Su propuesta se encasilla dentro del rock libre, con guiños al progresivo, mezclando funk y rock, enmarcado dentro de una estética salvaje, con gran presencia escénica. El sonido atrae al movimiento y las letras apuntan a lo profundo, generando un clima festivo en la sala.

Pasadas las 2:30, el DJ residente Nu toma la posta con su set “Lentos de un amor de primavera”. Los asistentes bailan antes de retirarse, cada vez menos, hasta que quedan los que no quieren que termine. A las 3 de la mañana, alguien mira hacia el escenario vacío, donde todavía se proyecta ese verde chillón que goteaba desde las nueve de la noche, y por un segundo parece que la tipografía, ahora sí, terminó de derretirse del todo.

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