Se los ve entre el pogo: padres que hace veinte años venían solos a ver a Eterna Inocencia y esta vez llegan acompañados por sus hijos. Una postal que habla del paso del tiempo, pero también de lo que significa una banda cuando deja de ser solamente una banda y pasa a formar parte de una vida.
El viernes, en Brewhouse Puerto, la banda celebra los 25 años de “A los que se han apagado”, un disco que conserva intacta su potencia y cuya vigencia, lejos de diluirse con el tiempo, a veces duele un poco más. Apenas 23 minutos le alcanzaron a aquel álbum para convertirse en una pieza fundamental de su historia.
Pero la noche no es solamente una celebración de ese disco. El recital recorre distintas etapas de la carrera de la banda y reúne a varias generaciones frente al escenario. Se ve a mucha gente que sigue a Eterna Inocencia desde hace años, de aquellos recitales en espacios como la Biblioteca Juventud Moderna o Vinoteca Perrier, y que esta vez llegó acompañada por sus hijos.
Y buena parte de esa historia se explica por la voz de Guille Mármol, líder de la banda, que se levanta en cada recital para cantar canciones que hace décadas encontraron un lugar en la vida de quienes las escuchan. Porque hay canciones que envejecen con nosotros. Cambian los escenarios y también quienes las escuchan, pero algunas letras permanecen ahí, esperando volver a ser cantadas.
Desde Punky Patín, su primer material, cuando todavía cantaban en inglés, hasta “Le pertenezco a sus ojos”, el último sencillo que acaban de lanzar y que se mete de lleno en el terreno de las canciones amorosas, un pequeño himno para sensibles con conciencia social, hay algo que permanece: la capacidad de Eterna Inocencia de ponerle palabras a lo que duele, conmueve y todavía importa.
Aunque la banda sea oriunda de Quilmes, por momentos parece estar tocando en casa. Y hay una razón concreta para esa sensación: Tomás Portela, guitarrista y nuevo integrante de Eterna Inocencia, es marplatense.
Entre canciones, abrazos, pogo y una lista que permite viajar por buena parte de su historia, la noche avanza hasta llegar al final. Y entonces suena “Nuestras fronteras”.
El tema elegido para cerrar el recital termina de darle sentido a una noche que cruzó varias fronteras: las del tiempo, las de las generaciones y también las geográficas. Porque quizás ahí esté una de las claves de Eterna Inocencia: pueden pasar más de 30 años, cambiar los escenarios, las edades y las vidas de quienes están abajo, pero algunas canciones siguen encontrando exactamente el mismo lugar. Ahí siguen, entre el público, esos mismos padres, ahora con sus hijos al lado, cantando lo que hace veinte años cantaban solos.










