¿Ser argentino molesta? Nacimos con la geografía en contra. Un país al fondo del mapa, una economía que colapsa cada diez años con la puntualidad de un tren europeo, un idioma que el mercado global cataloga como secundario. Con esas cartas, cualquier proyecto cultural debería resignarse a lo modesto. El argentino, en cambio, no dejó nunca de producir mitos.
Ahí está la primera contradicción que esta revista quiere sostener: no somos el país que la estadística promete. Somos el país que la estadística no explica.
Si el mundo tiene a los Beatles, nosotros tenemos a Serú Girán: tres discos que reinventaron qué podía ser una banda de rock cantada en castellano, sin perder ni el swing ni la letra. Si el mundo tiene a Stravinsky, nosotros tenemos a Ginastera, que llevó el folclore a la orquesta sinfónica con una sofisticación que Europa tardó décadas en reconocer como propia. Un director de orquesta argentino y judío, Barenboim, interpretando a Wagner con una hondura que muchas orquestas europeas envidian: eso no es anécdota de color, es la prueba de que el lugar de nacimiento nunca fue techo para nada. Inventamos el truco. Somos, culturalmente, el retruco de medio mundo.
Esa mística no es casualidad ni relato inflado para consumo interno: de San Martín a Piazzolla, de Kempes a Messi, hay una épica que atraviesa disciplinas y que el resto del mundo mira con una mezcla de fascinación y desconfianza. No es que seamos mejores por naturaleza. Es que vivimos la música, el deporte y la historia con una intensidad que se nota, y que incomoda a quien prefiere el orden.
Por eso la industria global sigue empeñada en meternos en la bolsa que le resulta más fácil de vender. Si querés llegar, cantás en spanglish o coqueteás con el urbano caribeño. Es más digerible un artista argentino con etiqueta de moda que aceptar que del “tercer mundo” salió un Piazzolla, un Ginastera, una tradición sinfónica capaz de interpretar a los europeos mejor de lo que ellos se interpretan a sí mismos. El prejuicio no siempre es sutil: a veces viene disfrazado de categoría de premio, de casillero cómodo en un catálogo de streaming.
Es fácil ser elegante con una columna de mármol y un tapado de piel. Ser argentino implica sostener el refinamiento con la calle rota, la deuda pisándote los talones y la gotera en el techo. La sobremesa no existe en la cultura del almuerzo de veinte minutos: acá el café se extiende hasta que la conversación se agota, no antes. Esa forma de habitar el tiempo también es cultura, aunque no cotice en el mercado de las playlists globales.
Nada de esto es un cheque en blanco, y esta revista no lo va a firmar como tal. La mitología también sirve de excusa: bajo la bandera de “somos así” se disculpó la mediocridad más de una vez, se maquilló la falta de trabajo, se confundió pasión con impunidad. El mito, para que valga, se sostiene con obra, un Serú Girán, un Piazzolla, un Spinetta, no con la sola pertenencia a un pasaporte. El día que dejemos de exigirnos eso, el mito se vacía.
Pero cuando se sostiene, como se sostuvo tantas veces, hay algo genuinamente distinto en lo que el argentino produce: una tensión entre la épica y la precariedad que en otros lugares no existe, porque en otros lugares no hace falta. Volvemos entonces a la geografía con la que empezamos, la que debería habernos condenado a la modestia. No nos condenó. Nos hizo insoportables, inclasificables, y, cuando la obra acompaña, inevitables.
Seguimos viviendo, todavía, en clave de mito.











Un Comentario
Felicidades y felicitaciones, Éxitos 😃