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La industria musical es más exigente con las mujeres. Y no es nuevo

Las exigencias más marcadas sobre las artistas mujeres, sobre cómo se presentan ante el mundo, sus performances, su dedicación y particularmente su cuerpo, no se tratan de un fenómeno novedoso. Es histórico. Lo que cambió es la manera en que cómo lo vemos ahora.

Justin Bieber salió al escenario de Coachella sin bailarines, sin escenografía, con un vestuario sencillo y una primera mitad del show en la que reprodujo sus videoclips desde una computadora. Parte del público lo llamó “íntimo”. Una semana antes, Sabrina Carpenter había llenado el mismo escenario de coreografías, cambios de vestuario y una puesta en escena elaborada. Nadie la llamó “íntima”: la evaluaron como si ese nivel de exigencia fuera lo natural, el punto de partida y no un estándar opcional. La comparación circuló por X con una pregunta implícita que no era nueva: ¿a ellas se les exige más? ¿cómo reaccionaría el público si Sabrina hiciera un espectáculo con poca producción?

Esta cuestión de la mirada y crítica desigual vinculada al género de los artistas también fue problematizada en relación con las exigencias de la industria musical sobre las popstars de nuestro país. Permanentemente en redes sociales (particularmente en X) se desarrollan discusiones frente a cada espectáculo que las artistas mujeres más reconocidas (como Emilia, Tini, Maria Becerra, Lali o Nicki Nicole) llevan a cabo. Estos intercambios giran frecuentemente en torno a la cantidad de trabajo puesto en sus presentaciones, la puesta en escena, la originalidad en sus vestuarios, coreografías y especialmente, sobre el aspecto de sus cuerpos. Estas cuestiones nos llevan entonces a preguntarnos, ¿se trata de un fenómeno novedoso? ¿siempre funcionó de esta manera la industria musical?

La cuarta ola del feminismo y los movimientos por el reconocimiento de grupos históricamente marginados impulsaron procesos de problematización de desigualdades profundamente enraizadas en nuestros sentidos comunes. En este contexto surgen las discusiones sobre las exigencias diferentes a artistas mujeres y hombres. Lo novedoso entonces, tiene que ver con su problematización, pero no con su origen. El sexismo, entendido como conjunto de prácticas, instituciones y discursos generadores de desigualdades de género, está arraigado estructuralmente en nuestras sociedades, atravesando todas las esferas de la vida social. De esta manera, El sexismo en la industria musical no nació con las discusiones en X ni con los festivales de streaming. Tiene un anclaje socio-histórico que las ciencias sociales nos ayudan a pensar.

Ellas nos ofrecen al menos tres maneras de pensar el origen de esta desigualdad. Silvia Federici ubica el problema en los orígenes del capitalismo: para que ese modo de producción funcionara, fue necesario controlar el cuerpo y las prácticas de las mujeres, excluirlas del mercado de trabajo y confinarlas a las tareas de reproducción social, es decir, tareas domésticas y de cuidado. La división sexual del trabajo capitalista no fue neutral ni accidental. Pierre Bourdieu entiende desde otra perspectiva que la dominación simbólica de lo masculino sobre lo femenino opera a través de esquemas de percepción sobre el mundo, haciendo que relación asimétrica entre hombres y mujeres aparezca como lo objetivo y biológicamente justificado. Incluso las mujeres aplican estos esquemas mentales en sus formas de pensar y actuar, producto de haber asimilado esas relaciones de poder. Y Simone de Beauvoir ya lo había dicho antes que los dos: a las niñas se les enseña a agradar, a hacerse objeto de la mirada ajena; a los niños, a construirse para sí mismos. El escenario de Coachella, en ese sentido, no es una excepción. Es un ejemplo.

Si la desigualdad entre hombres y mujeres es histórica, entonces en la industria musical estas diferencias también se expresan hace mucho tiempo. En primer lugar, podríamos considerar las dificultades persistentes de las mujeres a acceder a lugares de reconocimiento en el ambiente de la música a través de la historia. Los músicos eran los hombres, las mujeres sus musas. Además, resulta necesario pensar que, más allá de que el rock se impuso en sus orígenes como movimiento contracultural, que buscaba poner en jaque normas sociales y autoritarismos, terminó en algunos casos por reproducir el sexismo. Algunos autores como McRobbie y Firth, plantean que especialmente el hard rock se ajustó a las expectativas de la masculinidad hegemónica, instando a los hombres a formar parte de sus públicos o cantar rock, mientras a las mujeres se las asociaba con la música pop y romántica. En el presente, la disparidad sigue viva, pero ha adoptado otras formas. Ahora las artistas tienen algunas oportunidades más de acceso a reconocimiento y prestigio, pero las exigencias sobre su trabajo se han profundizado. Además, la expansión de las redes sociales implica para ellas una vigilancia constante sobre su manera de ser y presentarse ante el mundo, su estilo y el aspecto de sus cuerpos.

Judith Butler nos permite pensar esta dimensión: el cuerpo no es una realidad biológica separada de lo social, sino algo que se produce y regula según normas que definen lo que se valora socialmente, lo que debe ser y lo que no.  Así, son construidos modelos de corporalidad y belleza hegemónicos, que por su naturaleza de ideales resultan inalcanzables para las personas. Estos modelos son impuestos con más fuerza sobre las mujeres, y aún más sobre aquellas más expuestas al ojo público, como las artistas. Las mujeres entonces deben ser delgadas, pero con “curvas”, sin celulitis ni estrías, blancas y proporcionadas. La industria musical le exige a laspopstars un cuerpo en perfecta consonancia con estos imperativos de belleza, un cuerpo que define la existencia de ellas mismas en torno a la mirada de los otros, y que deben mantener si quieren seguir siendo relevantes.

Estas cuestiones nos permiten pensar entonces en el sexismo y la desigualdad de género arraigada en la vida social, como las razones que explican esta diferencia en las expectativas que se tienen sobre las artistas mujeres con respecto a los hombres. Ellas deben ganarse su lugar en el mundo de la música de manera cotidiana, como así también deben expresar la feminidad en sus prácticas y corporalidad. Pero, ¿qué pasa con los artistas hombres? Ellos también se encuentran sometidos al ojo público que implican las redes sociales, por lo que deben actuar ciertos roles de género constantemente. Son presionados social y culturalmente para representar ciertos ideales de lo que debe ser un hombre, en sus letras y forma de presentarse, en su forma de cantar o tocar, en su forma de tratar a las mujeres. Es por esto que entiendo que a las performances de los artistas hombres no se les exigen coreografías de danza ni grandes escenografías o puestas en escena, tampoco grandes inversiones en vestuario. La austeridad de sus shows tiene que ver con una reafirmación de su masculinidad, de su separación de lo femenino o estético. A los artistas hombres se les exige menos, como vía para que no poner en peligro ni bajo cuestionamiento su ser masculino.

Quedan afuera de este texto otras aristas del mismo problema: las brechas salariales, las dinámicas de competencia entre mujeres dentro de la industria, la manera en que el algoritmo redistribuye —o no— estas asimetrías. Lo que parece claro es que nombrar el problema no lo resuelve instantáneamente, pero sí cambia algo: debatir y problematizar nos ayuda a desnaturalizar estas desigualdades que impregnan nuestro sentido común. Ahora, se vuelve más difícil mirar para otro lado Justin Bieber puede volver a Coachella con la misma austeridad. La pregunta es si la próxima vez alguien va a dejar de aplaudirla.

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