Es sábado a la noche y en Mar del Plata hace un frío clásico invernal, a días de la llegada de la primavera. Frente a la entrada de Club Tri se arma una fila larga, con prendas casuales y deportivas, y en algunos casos, indumentaria del merchandising de la banda, de quienes se encuentran preparados para ver a Bestia Bebé, banda oriunda del barrio bonaerense de Boedo, activa desde 2011.
Antes de que se habiliten las puertas, en el restaurante del club hay personas cenando. Minutos después, dan paso a la sala y abre el show Rachet. De estilo andrógino, su vestuario no pasó desapercibido. Presenta un repertorio con letras ligadas a la actualidad, como «Hagamos Patria», su último sencillo, bajo un ritmo de electropop. El público, disperso en la sala, baila en grupos con un vaso en mano.
La sala es grande y oscura: entre tema y tema, el humo se acumula en el aire.
Con un despliegue de luces, Bestia Bebé sale a escena, con un nuevo integrante en el sector de coros y sintetizadores, y cada músico se ubica junto a su instrumento. Suelen vestir camisetas de clubes de fútbol y los clásicos rompevientos. El público la recibe con una ovación.
El show comienza alrededor de las 22 con una canción que podría considerarse el himno de la banda. Comienza a sonar «Luchador de Boedo», una suerte de manifiesto de su álbum debut que hace alusión al lugar de pertenencia. El público se envuelve en un aura festiva y canta a coro.

El repertorio recorre su discografía por completo a lo largo de 24 canciones, con temas de Bestia Bebé, Jungla de Metal 2, Las Pruebas Destructivas, Gracias por Nada, Vamos a Destruir y Yendo Rápido a Ningún Lugar. Luego del himno, la banda continúa con «Planes Perfectos», dando inicio a la presentación de este último disco.
La noche continúa con canciones como «Montevideo», para luego seguir con «Antártida Argentina». El grupo regresa al disco de presentación con «Chaleco Antibalas» y sube unos decibeles más con «Rondador Nocturno», canciones que la guitarra del cantante empuja hacia adelante desde el primer acorde. Quintans se cuelga la guitarra acústica para consumar un segmento de folk en «Algo Que Siempre Te Quise Decir». Al finalizar cada canción, toca las últimas notas elevando la guitarra en alto.
Luces cálidas acompañan «Cara de Piedra», canción que Tom Quintans dedica a una amiga y toca de manera electroacústica, a dúo con uno de los guitarristas.
A mitad del repertorio, comienzan a sonar nuevas canciones de Yendo Rápido a Ningún Lugar, enganchadas con hits como «Lo Quiero Mucho a Este Muchacho» y «Omar», que arman un bloque futbolero. Cada vez que reconoce el primer acorde de un tema, el público grita y canta antes de que empiece la letra, para después dar lugar al baile y al pogo, sin distinción entre desconocidos. Quien permanece quieto es incitado por quienes lo rodean a sumarse.
El bloque cierra con «Un Documental Sobre Mí», oda a Diego Armando Maradona. La elección no es casual: en un momento de sensibilidad para el ambiente futbolístico argentino, con la derrota en la final del Mundial 2026 y el retiro de Lionel Messi de la Selección todavía resonando, el público responde con arengas de especial fuerza, como “el que no salta es un inglés”, y alusiones tanto a Maradona como al propio Messi.
El público lleva además banderas y camisetas de clubes locales y nacionales, que revolea durante el pogo y que se vuelven parte del folclore propio de estos shows.
Entre esos gestos y los cánticos de cancha, la banda construye en cada presentación una escena propia: la del barrio, el fútbol y la amistad, los mismos temas que atraviesan sus letras.
En «El Atrevido», el bajista y los guitarristas se lanzan a solos extensos que comienzan de manera calma y dan un giro de velocidad, deteniéndose en una pose que parece pensada para las fotos de los fanáticos que fotografían y graban desde abajo del escenario.
El recital cierra con «El descontrol» y «Wagen del Pueblo», de su primer disco, tras una hora y 45 minutos de show. El público canta eufórico y pide un tema más, pero los músicos dejan los instrumentos en su lugar y abandonan el escenario sin dar lugar a que eso ocurra. La salida es serena, casi silenciosa, como si en el barrio la fiesta pudiera esperar hasta la próxima vez.










