Con manos incesantes, Fito Páez dirige a su banda y a un Polideportivo que no se queda quieto en toda la noche.
Chiflidos, manos en el aire y linternas de celular acompañan el murmullo de familias, amistades y parejas que se buscan en el Polideportivo. Una pareja compra dos panchos para pasar el tiempo y comparte mayonesa. Ella le dice que siempre que Fito viene ella lo ve, se dan un beso y continúan con su ritual.
Entre aplausos que exigen el comienzo, un hombre grita “Eo” como Freddie Mercury y logra que todo el mundo le siga la corriente. Una introducción conocida nos trae una historia de amor: suena “11 y 6” y una pareja sentada frente a mí se derrite mirándose mientras canta “En un café…”.
Un brusco cambio nos transporta a “Tráfico por Katmandú”. A mi lado aparece un perro que no se quiso perder nada: mientras la gente grita y canta, él pasea por el estadio como si fuera su casa. “Muchacha” nos toma por sorpresa y “Lejos de Berlín” revela al director que Fito lleva adentro, que conduce a su banda como a una orquesta. La banda no es solo un acompañamiento: es el motor del show.
Las luces se apagan, un reflector ilumina el piano y Fito comienza a tocar las notas que nos llevan “Al lado del camino”. Una madre abraza a su hijo y, emocionados, acompañan a todos los que cantan. La emoción es tan grande que el Polideportivo se pone de pie y se reparten llantos y abrazos en cada centímetro del lugar. Al decir “Si alguna vez me cruzas por la rambla”, las risas se extienden en el predio. “La buena estrella” es un ensamble de piano y coros.
Al llegar a “Times are changing”, Fito suma un grito: “Y dale alegría alegría a mi corazón”. El maestro nos pide ayuda para cantar, nos pide revolear en el aire lo que tengamos a mano y, arriba en la platea, una señora revolea un pañuelo como si fuera un poncho.
La batería anticipa la canción que da título a El amor después del amor, uno de sus discos más populares. Una familia se abraza y su hijo pequeño canta junto a sus padres. Todos saltan, aplauden, bailan y la sienten en el corazón. “La rueda mágica” nos invita a saltar: un grupo de amigas se abraza y salta al compás de la música; del otro lado, un grupo de amigos replica la imagen. La fiesta está en su punto más alto.
Para no perder la costumbre, al llegar “Circo Beat” el maestro de orquesta divide el Polideportivo entre quienes cantan “Circo Beat” y quienes cantan “Uhu Uhu”. Acto seguido pide que las luces las pongamos nosotros, y miles de linternas se prenden para recibir “Brillante sobre el mic”. Una madre abraza a su hijo y, envueltos en ese abrazo, cantan la canción.

No lo sabemos, pero se acerca el final. Fito se vuelve hacia el público con un pedido: ruido, aplausos y mucha voz. El piano anuncia “Mariposa Tecknicolor” y hay miradas cómplices. En un segundo el Polideportivo explota de energía: la gente salta agarrada de los hombros, una ola de personas se mueve y entiende lo que Fito pidió. En medio de la canción nos comparte un mensaje que a todos nos llega: “La música jamás va a poder ser aniquilada, porque mientras haya un corazón latiendo y un oído escuchando habrá música”. Y se va diciendo “Si hace bien es música”.
Vuelve repentinamente, ya con la campera en mano, algunos cerca de la puerta, pensando que la noche se acaba. Se sienta con su gran amigo el piano y toca “Cable a tierra”. Entre la sorpresa y la felicidad, el Polideportivo le devuelve cada palabra de la canción y le hace saber que él es nuestro cable a tierra. Un contraste termina de cerrar la noche: “El diablo de tu corazón” nos lleva al otro extremo emocional y, pidiendo potencia, nos dirige por última vez. Pasamos del llanto al festejo, saltamos, nos reconocemos llenos de energía. Saltando y gritando nos vamos por la puerta, extasiados por el vértigo del show. ¿Cómo logrará continuar la gira sabiendo que todavía hay un público que quiere más?










