Es 2002 y en un departamento de Buenos Aires, Ale Sergi graba bases electrónicas con Juliana Gattas cantando encima. No hay estudio profesional, no hay presupuesto de sello grande: hay un falsete y una certeza rara para la época, la de que el synth pop podía sonar tan legítimo como una guitarra distorsionada. De esa grabación casera sale Es mentira, el primer disco de Miranda!, y con él una escena entera cambia de forma sin saberlo todavía.
El contexto no ayudaba. 2001 es el año del Cosquín Rock y de una escena dominada por canciones de protesta, con el país en crisis y el rock como lenguaje casi obligatorio para decir algo serio. En ese paisaje, Miranda! entra por la puerta lateral: letras divertidas, teclados en primer plano, una actitud que no pedía permiso para ser liviana. La escena indie-electrónica porteña los adopta rápido y les pone un apodo que hoy suena contradictorio con lo que la banda terminaría representando: “el monstruo del under bonaerense”.
Lo que sigue es una seguidilla de discos que no necesitan presentación para quien creció en esos años: Sin restricciones, El disco de tu corazón, Miranda es imposible!. Canciones que estaban en la radio, en la tele, en los boliches, en los ascensores. La banda deja de ser un fenómeno de nicho y se convierte en un idioma común, algo que pasaba poco en una escena donde el rock había sido durante años el género que definía qué era “serio” y qué no.
En 2012, con Magistral, el fenómeno se repite con una generación que no los descubrió por sus hermanos mayores sino por YouTube, ya instalado en cada casa. Los videos del disco circulan como nunca antes había circulado nada de la banda: se pueden ver las veces que uno quiera, compartir, repetir. Ese detalle técnico, tan simple, tan de la época, multiplica el alcance de una manera que ningún pasaje radial anterior había logrado.
Pero el dato que explica por qué esta historia importa hoy no es la cantidad de discos ni los años en el clima. Es la fusión. Miranda! no fue la primera banda argentina en tocar con sintetizadores, pero sí una de las primeras en llevar esa electrónica al centro exacto del pop, con guitarras marcadas, un pie en el rock y otro en el glam, en un momento en que esa combinación no tenía casi antecedentes locales. Babasónicos ya exploraba electrónica, pero desde un lugar más cercano al rock; Miranda! construyó algo distinto, más teatral, más dispuesto a la puesta en escena.
Esa teatralidad es la otra marca registrada: plumas, brillos, trajes, maquillaje, una estética cuidada hasta el último detalle en un momento en que el pop internacional estaba saturado de artistas que apostaban todo a la imagen. Hay algo de Prince en cómo Miranda! entiende que el sonido y la puesta visual son la misma decisión artística, no dos cosas separadas.
Entre 2014 y 2023 llegan Safari, Fuerte, Precoz, Souvenir y Hotel Miranda!, este último un disco de duetos donde las canciones viejas se cruzan con artistas más jóvenes: Bandalos Chinos, Lali, Emmanuel Horvilleur, Juan Ingaramo. El gesto no es casual. Es la banda reconociendo en voz alta un linaje que ya existía en los hechos: Bandalos Chinos, Gauchito Club, Feli Colina construyen hoy sobre un terreno que Miranda! abrió primero, no solo en lo musical sino en lo escénico, esa teatralidad en la interpretación y en los videos que hoy se da por sentada en el pop argentino tuvo que empezar en algún lado.
Ahí está la bisagra. Antes de Miranda!, la escena argentina no tenía un lugar claro para el pop electrónico con ambición de estadio. Después, sí. Cada banda que hoy mezcla sintetizador, teatralidad y glam sin pedir disculpas por no ser rock está parada, sepa o no, sobre un departamento de 2002 y un falsete que en su momento sonaba raro.










