De la explosión del streaming al resurgimiento del folklore de la mano de Milo J: cómo la industria fonográfica volvió a marcar números récord en un mercado cruzado por la amenaza de la inteligencia artificial.
El mercado fonográfico argentino cerró un ciclo de contracción para registrar en 2025 un crecimiento del 33,0% en valores constantes, alcanzando una cifra de 165 mil millones de pesos. El dato, incluido en el último informe de la Cámara Argentina de la Música Grabada (CAPIF), quiebra dos años de caída real y establece un máximo en la serie consolidada de la industria local.
Detrás de este volumen económico opera una transformación estructural: el ecosistema digital representa el 85,6% de la facturación total del sector, impulsado por un incremento del 43,3% en términos reales durante el último año. En 2012, el entorno de internet aportaba el 10,1% del negocio (equivalente a 14.600 millones de pesos ajustados por inflación). En 2025, las plataformas de streaming inyectaron 140.900 millones de pesos al mercado nacional.
Dentro del canal digital, la modalidad de pago recurrente encabeza la monetización: el streaming por suscripción explica el 69,1% de los ingresos de plataformas, mientras que el modelo financiado por publicidad representa el 30,9% restante.
El repunte de las cifras generales convive con asimetrías operativas que condicionan la rentabilidad. Diego Zapico, presidente de Acqua Records, señala sobre las tarifas vigentes: “El bajo valor de las suscripciones a los servicios de streaming de música en el país —un tercio o la mitad del promedio regional— frena los incentivos para la inversión y el desarrollo. Esta realidad afecta a toda la industria, pero impacta con mayor gravedad en el ámbito independiente“.
En el mercado físico, que aporta el 5,4% del total auditado, el vinilo superó las ventas en soporte óptico al concentrar el 71,4% de los ingresos en formato tangible, mientras que el CD retuvo el 28,5%.

El consumo local y el caso del folklore
Las métricas de consumo reflejan un marcado preferencia territorial: el 47% de los streams de audio contabilizados en el país durante 2025 correspondió a artistas nacionales (17.786 millones de reproducciones), frente a un 33% de catálogo extranjero en español y un 20% en otros idiomas.
En la escucha de producción local, las dinámicas de género exhiben desplazamientos notorios. Según datos consolidados de Spotify para 2026, el folklore argentino acumula un crecimiento de reproducciones superior al 31.000% desde 2013. El tramo juvenil encabeza la demanda: el 33% de los oyentes del género en la plataforma pertenece a la Generación Z, superando el 30% registrado el año previo.
Este comportamiento cruza hábitos donde la producción actual dialoga con el catálogo histórico. Referentes tradicionales como Mercedes Sosa, Los Manseros Santiagueños, El Chaqueño Palavecino y Los Nocheros —distinguidos estos últimos con el Gardel a la Trayectoria tras cuatro décadas de carrera— registran una demanda constante a la par de propuestas contemporáneas.
El cruce entre la música urbana y la tradición popular aparece sintetizado en la figura de Milo J, ganador del Gardel a Álbum del Año por La vida era más corta y galardonado en las categorías de Canción de folklore y Canción del año por «Niño». El artista bonaerense figura en cuatro de las ocho canciones de folklore más escuchadas por usuarios jóvenes en Spotify, participando en colaboraciones junto a Soledad Pastorutti y Silvio Rodríguez. A la par, iniciativas colectivas como ¡FAlklore! actúan como vías de entrada para audiencias que incorporan ritmos tradicionales por fuera de los canales habituales del género.
La distribución geográfica del streaming folklórico sitúa los mayores volúmenes de reproducción en Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, seguidos por Tucumán, Salta, Mendoza y Neuquén. En el desglose urbano, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Córdoba, San Miguel de Tucumán, Rosario y Salta concentran las principales posiciones de escucha, completadas por La Plata, Corrientes, Neuquén, Mar del Plata y San Juan.
Sincronización y los desafíos del entorno sintético
La articulación entre producciones audiovisuales y catálogos musicales se consolidó como una herramienta de tracción de audiencias. Juliana Moreno, Directora de Contenido de Netflix para Argentina y Chile, explica: “Producciones locales como El Eternauta —cuya banda sonora fue nominada al Premio Latin Grammy 2025— generan conversaciones que trascienden la pantalla. Los streams de su playlist oficial, compuesta en gran parte por canciones del rock nacional de los 80, se dispararon un 300% tras el estreno de la serie“.
A la par de la expansión de las plataformas, la proliferación de contenidos generados mediante Inteligencia Artificial introdujo variables de tensión en la gestión de derechos. Un estudio reciente publicado por SubmitHub a partir del análisis de más de un millón de canciones arrojó que el 38,5% de las obras subidas globalmente en julio de 2026 incorporó herramientas sintéticas: el 23,2% de los lanzamientos correspondió a canciones producidas completamente con IA y el 15,3% a composiciones con elementos de audio sintéticos modificados por humanos.
La irrupción masiva de estas herramientas contrasta con los datos de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), que sitúan a servicios como SUNO en 100 millones de usuarios con un promedio de 7 millones de canciones creadas por día en 2026, mientras UDIO alcanza las 864.000 pistas diarias.
Juan Luis Marturet, Regional Counsel de IFPI Latinoamérica, advierte sobre la magnitud del fenómeno: “Estamos en presencia de una verdadera avalancha de contenido musical generado por medios automatizados que está inundando el mercado y, en muchos casos, sirviendo para la manipulación del streaming, desviando regalías y restando valor a la música humana”.
Frente a esta coyuntura, CAPIF integra junto a más de 40 entidades de la región la Coalición Justicia, un frente sectorial que promueve el etiquetado obligatorio de la música generada por software, la protección estricta de los derechos de autor frente a los modelos de entrenamiento algorítmico y la regulación de la suplantación de voz e imagen (Deep Fakes).
Mientras el software procesa millones de algoritmos para replicar el timbre de un instrumento que nadie tocó en un estudio que no existe, en un auricular de Morón un adolescente le da play por quinta vez consecutiva a un bombo legüero grabado hace cuatro décadas. En esa coincidencia silenciosa y desmedida se juega el destino del mercado: una industria que factura cifras récord en el aire, pero cuya raíz sigue hundiéndose exactamente en el mismo barro.









