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¿Quién maneja la música que consumís?

En mis primeros años como director comercial de un sello discográfico me tocó sentarme con personas que manejaban buena parte de la escena musical de mi ciudad: dueños de pubs, responsables de venues, productores que definían qué artista tocaba y cuál no.

En una de esas reuniones, mientras hablábamos sobre cómo desarrollar un show y posicionar a un artista, uno de ellos me dijo algo que en ese momento me descolocó: “Producir artistas es como vender heladeras. Tenés distintos modelos para distintas ocasiones y distintos públicos”.

No lo dijo con maldad. Lo dijo con lógica de mercado. Con naturalidad.

Ahí entendí que la música puede ser pasión, identidad y emoción, pero la industria de la música es industria. Segmentación. Producto. Estrategia. Inversión. Retorno. Desde ese día dejé de creer en la ingenuidad del éxito masivo.

La industria musical no es espontánea. No funciona por azar viral ni por iluminación divina. Funciona con inversión, contactos, planificación y decisiones que exceden lo artístico. Lo contaron sin vueltas Ca7riel y Paco Amoroso en una entrevista con Miguel Granados: para crecer hubo reuniones, lobby, estructuras que empujan. Nada ilegal. Nada místico. Industria pura.

Y cuando el crecimiento empieza a depender menos del talento y más de alineamientos, de quién te financia, con quién te sentás, quién apuesta por vos, la discusión deja de ser romántica y se vuelve ética. El artista joven no entra en un vacío: entra en un sistema con reglas implícitas. Algunas son contractuales. Otras culturales. Otras ideológicas.

En ese contexto, las recientes declaraciones de Andrea Rincón sobre supuestos rituales en la industria, donde mencionó a Milo J, generaron escándalo. No hubo pruebas. No hubo denuncia judicial. No existe evidencia que respalde la existencia de prácticas sectarias en el mainstream argentino. Ese es el dato objetivo.

Pero el dato no cancela algo más profundo: la facilidad con la que parte del público está dispuesto a creer que para llegar hay que “vender el alma”.

La metáfora no es religiosa. Es estructural.

Porque cuando una escena funciona como catálogo, cuando los artistas se piensan como “modelos” para públicos específicos, cuando la exposición se planifica y la repetición se financia, la pregunta ya no es si hay velas negras detrás del escenario. La pregunta es quién decide qué modelo ocupa la vidriera cultural.

No afirmo que haya satanismo. No hay pruebas de eso y sería irresponsable sostenerlo. Lo que sí afirmo es que el poder cultural está concentrado y que esa concentración condiciona el mensaje. Cuando algo suena en simultáneo en plataformas, festivales, medios y marcas, no es casualidad romántica: es decisión estratégica.

La música construye identidad. Lo que se repite se normaliza. Si el mensaje dominante gira en torno al dinero, el exceso y la validación permanente, eso no es inocente. Es modelo cultural. Y todo modelo cultural responde a intereses económicos.

La tesis es incómoda pero simple: el verdadero pacto contemporáneo no es con fuerzas sobrenaturales. Es con el sistema. Es el momento en que el artista empieza a moldear su discurso según lo que el mercado absorbe mejor. No todos lo hacen. No todos ceden. Pero negar que el sistema condiciona es ingenuo.

El debate no es espiritual. Es ético. Es cultural. Es político en el sentido más amplio.

Reírse de la palabra “ritual” es fácil. Cuestionar quién maneja el tablero ya no lo es tanto.

Si el artista no sostiene su propia voz, alguien más la va a escribir por él. Y si nosotros, como público, consumimos sin preguntarnos quién financia lo que escuchamos, también participamos de ese engranaje.

No sé si alguien vende su alma en sentido literal. No hay evidencia que lo pruebe. Lo que sí sé es que el éxito masivo nunca es completamente inocente.

Y mientras sigamos confundiendo industria con destino, el verdadero pacto seguirá siendo invisible.

IFP

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