Hay un trago de cortesía que se llama tinto de verano y una banda que lleva treinta años probando que en Mar del Plata también hay shoegaze. El tiki bar está lleno de periodistas y de los mismos músicos a los que van a entrevistar, y esa mezcla —tan chica, tan familiar— es la escena real de una presentación de disco marplatense: no hay separación entre quien toca y quien escribe sobre lo que toca.
El color del mar abre con un sintetizador que no anuncia nada, solo se instala. Las guitarras entran alrededor, en ese registro alternativo que Tomates en Verano domina desde hace años, y la progresión se repite hasta volverse un groove hipnótico. El primer tema flota, no empuja, y ahí está su mejor decisión: dejar que el oyente entre despacio a un universo en el que la batería, cuando por fin golpea, ya suena grande. La voz queda por debajo, casi un homenaje a la tradición indie de esconder al cantante detrás de la banda. Es un arranque fantasmagórico.
—El disco tiene diferencias técnicas con la grabación del resto —explica Ignacio Giobellina, guitarrista—. Este lo que tiene son por ahí más grabaciones de guitarra, de la misma guitarra. Va un poco más al frente que el resto. Está más cuidado, más reverb, un poquito más limpio.
Esa limpieza se nota enseguida en el segundo tema, todavía sin título fijo la noche de la presentación. Un riff abre el discurso melódico con un clima oscuro pero más energético, casi rebelde: el mar en un atardecer de julio, pero con potencia. La referencia a Mazzy Star flota en el aire —esa languidez densa, esa voz que no grita para imponerse— y conviven con una influencia más local y más confesada, la del Cerati de Amor amarillo. Es, sin embargo, el tema que menos avanza sobre lo ya conocido de la banda: la fórmula funciona, pero todavía no muestra nada nuevo.
—Nunca tenemos un disco de referencia para hacer un disco, jamás —dice Carina Mojeau, la cantante de la banda, y lo dice sin dudar, casi como si la pregunta lo sorprendiera—. No nos adentramos en ningún sonido que no sea el nuestro propio. Ya tenemos ahí todo lo que necesitamos para componer.
La afirmación convive, sin que nadie lo señale, con esas dos citas flotando sobre la mesa: Mazzy Star, Cerati. Quizás la referencia no es un disco puntual, sino un aire de familia que la banda absorbió hace tanto que ya no lo reconoce como influencia sino como método propio.
El tercer tema es donde el disco empieza a moverse de verdad. Entra con un riff glam, la batería se pone al frente, el rock se vuelve más pesado y con más carácter. La melodía vocal se acerca a Babasónicos —ese fraseo hablado y cortante que once le sirve a Tomates para despegarse del clima flotante de los dos primeros temas—. Entre los periodistas, alguien lo resume como “un alto Camet más trash”, y la coincidencia no es casual: buena parte de los integrantes tocó ahí, en esa escena, antes de esto.
El cuarto tema profundiza esa deriva hacia el pop electrónico nocturno, también con eco de Babasónicos, y se anima a un interludio de trip hop y drum and bass hacia el final. Es una apuesta arriesgada dentro de un disco que hasta ahí caminaba con reglas claras, y funciona: cierra el lado A —atmosférico, eléctrico, pop, shoegaze— con una nota que no repite lo anterior sino que lo tensiona.
El lado B cambia de temperatura. El quinto tema entra con guitarra afilada y batería en negras, más trash, más oscuro. Hay algo directamente malo en el concepto, dark y confuso, ruidoso y conflictivo, y esa incomodidad parece buscada: el disco necesitaba un quiebre después de la limpieza del lado A. El sexto vuelve al shoegaze puro, atmosférico y amplio, con capas de sonido que se acumulan sobre un flanger que la banda usa con paciencia, sin apuro por resolver. El séptimo es instrumental, con un riff que remite a los Smashing Pumpkins de mediados de los noventa. El octavo cierra el disco donde el quinto lo había abierto: trash, atmosférico, sin voluntad de redondear nada.
En el fondo, El color del mar mejora sobre todo en un terreno concreto: la producción. El sonido es más grande, más definido, y sostiene sin fisuras un estilo que la banda viene construyendo hace tres discos. No es un salto, es una consolidación —y a esta altura de una carrera tan larga, consolidar con este nivel de oficio ya dice bastante.
La tapa, mientras tanto, no tiene nada que ver con el título. No hay una foto de mar ni un horizonte azul: es una obra mística y atrapante de Luana Giobellina, artista cercana a la banda, que ya había hecho el arte del disco anterior.
—Nos pareció increíble, por un montón de cuestiones atrapantes que tiene, místicas —cuenta Pedro Moscuzza, baterista y lider de la banda—. También nos parece divertido que en realidad no tenga mucho que ver con el título del álbum. Podríamos haber puesto una foto del mar y hubiese sido demasiado obvio.
Giobellina va a hacer todas las próximas tapas de Tomates en Verano. La decisión suena menos a plan de marketing que a lealtad: en una época en la que cualquier banda puede generar una tapa con inteligencia artificial en minutos, ellos eligieron encargarle a una persona algo que se resiste a resumir el disco en una imagen literal.
Sobre el proceso, la banda no distingue entre ensayo y vida. Se juntan todo el tiempo, dicen, y no es una frase hecha: es, según cuentan, su forma de bajar a tierra en medio de lo diario. Ahí aparecen los temas nuevos, de a poco, hasta que un día hay disco.
Para el vivo calculan que van a necesitar unos diez shows para que El color del mar madure arriba del escenario. “Hay muchos temas que no vamos a tocar”, advierte Carina, y agrega que lo que pasa en el primer show de una gira nunca es lo que pasa en el último: hace falta entrar en calor, probar los pedales, encontrar el lugar.
La presentación oficial va a ser el 20 de agosto en Club Lucille, junto a No Te Me Enojés y Rata Viva Muerta, y el 29 en Club TRI, con Rata Viva Muerta otra vez y Pipi Boys, banda de dream pop que alguien en la mesa define, sin exagerar, como de lo más interesante del género en el país. Casa del Puente Discos es quien los trae.
Antes de despedirse, uno de los integrantes cierra la charla con una frase que se queda dando vueltas mucho después de que se terminó el tinto de verano: lo que pasa en Londres pasa en Mar del Plata.










