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Cuando el país volvió a moverse, Winona Riders ya estaba esperando

Durante 90 minutos Argentina se detiene. Las calles se vacían, los bares suspenden cualquier otra conversación y hasta los recitales esperan. Los únicos que siguen moviéndose son los pibes del delivery, cruzando la ciudad con mochilas cargadas de pizzas y empanadas mientras millones miran la misma pantalla. Recién cuando el árbitro marca el final y la Selección deja atrás un inesperado sufrimiento frente a Cabo Verde, Mar del Plata vuelve a ponerse en marcha.

Sobre la calle 20 de Septiembre, Club Tri empieza entonces a llenarse de golpe. El invierno sigue golpeando afuera, pero frente al escenario, del tamaño justo para este tipo de shows, el aire ya cambia de densidad. Las camisetas de la Selección conviven con las remeras negras reglamentarias y el comentario obligado deja de ser el partido para convertirse, finalmente, en la música. Después del gran ritual nacional empieza otro. Más pequeño. Mucho más ruidoso.

Para abrir la noche, el talento local Marcos Gaba rompe cualquier expectativa de tibieza. No hay introducciones contemplativas ni folk de fogón. Sale con un stoner blues de guitarras saturadas y sonido valvular que obliga a guardar definitivamente los teléfonos, clavar la vista en el escenario y empezar a mover la cabeza. Su set funciona como un puente perfecto entre la tensión que todavía flota en el ambiente y lo que está por venir.

La radiografía del público confirma que Winona Riders dejó hace tiempo de pertenecer exclusivamente a un nicho. El promedio de edad ronda los 30 años, pero basta recorrer la sala para descubrir otra cosa. Pegadas al escenario, un grupo de chicas canta cada tema sin perder una sola palabra mientras aguanta el avance del pogo. Cerca de la barra, un hombre de unos 60 años pierde el equilibrio, cae al piso y necesita la rápida intervención del personal del local para salir sin consecuencias. Entre una escena y la otra aparece el verdadero retrato de la noche: generaciones distintas compartiendo un mismo lenguaje construido alrededor del volumen.

Que la sala luzca llena tampoco es un accidente. Desde 2018 Winona Riders viene recorriendo con paciencia el camino que separa al under de los grandes festivales sin resignar identidad. Su música dialoga con una tradición nacional que encuentra algunos de sus hitos en Los Natas, Humo del Cairo y Poseidótica, aunque evita cualquier gesto nostálgico. Toma esa herencia para empujarla hacia adelante con una personalidad propia.

La puesta en escena es tan austera como efectiva. El rojo domina el escenario, recortando las siluetas contra la oscuridad del club. Al fondo cuelga la clásica bandera con el nombre de la banda. Winona no administra la energía para construir un clímax progresivo: desde el primer tema decide sostener la intensidad hasta el final.

En el centro del escenario, Gabriel Torres Carabajal es el músico más inquieto de Winona Riders. A veces toma la voz principal, otras desaparece entre los coros; deja una pandereta para agarrar unas maracas, cruza el escenario, vuelve al micrófono y enciende otro cigarrillo. Cuando alguno de sus compañeros no puede soltar el instrumento, se acerca apenas para compartir una pitada antes de seguir tocando.

Su función parece ir más allá de lo estrictamente musical: mantiene en movimiento una banda que toca con la naturalidad de quien ya no necesita mirarse para entenderse. Alguna vez leí que Ad-Rock era el Beastie Boy más caótico y magnético del trío. Torres Carabajal ocupa ese lugar en Winona Riders: es la manifestación física de una banda que juega de memoria.

Buena parte de esa sensación también descansa sobre Francisco Cirillo. Desde la batería sostiene un pulso que no negocia: mantiene unidas canciones que rara vez conceden un respiro.

La confirmación del cruce cultural llega desde la pista. Entre las luces estroboscópicas aparece una bandera argentina intervenida. En lugar del Sol de Mayo está Winona Ryder. Sobre la franja superior, una única inscripción: “LANÚS”. La imagen condensa buena parte del universo simbólico de la banda: la actriz que les presta el nombre, el barrio como identidad y una iconografía nacional apropiada sin solemnidad. Mientras el trapo gira sobre las cabezas, el guiño termina de cerrar un recorrido que había empezado mucho antes de que sonara la primera guitarra, cuando los únicos riders que atravesaban la ciudad eran los repartidores de pizzas y empanadas esperando que terminara el partido.

El recorrido del setlist acompaña esa lógica. “C.R.A.S.H.” abre la noche con la energía necesaria para borrar los últimos ecos del partido y deja paso a “Abstinencia”, “Detox” y “Viajando”. Más adelante llegan “Sucios”, “Dopamina” y “Falsos Reyes”, mientras la pista ya funciona como un único cuerpo en movimiento.

Hacia el final aparecen “You Trip Me Up”, “¿Así Que Te Gusta Hacerte El Lou Reed?”, “Riders”, “JOEL” y “D.I.E.”. Cuando suena “Tanta presión ya no me deja caminar, tanta presión ya no me deja respirar, no soy un extra”, la frase parece encontrar un eco inmediato entre quienes siguen empujándose frente al escenario. No hace falta explicarlo demasiado: después del partido, del invierno y de una semana cualquiera en la Argentina, cada uno completa el sentido por su cuenta.

Las luces se encienden y la helada vuelve apenas se abre la puerta de Club Tri. Afuera sigue el mismo país que, un rato antes, había detenido su respiración frente a una pantalla. Adentro ya no queda música, apenas el zumbido en los oídos y la certeza de haber compartido algo que no podía ocurrir en otro lugar. Durante un par de horas, cuando terminó el gran ritual argentino, Winona Riders ofreció otro. Más pequeño, más ruidoso y mucho más cercano.

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