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El adiós a Miguel Zavaleta: Pinceladas de un extraño ser

Casi como siguiéndole los pasos a Rubén Rada y a Daniel Melingo, terminó agosto y se nos fue otro referente de los 80. Al frente de Suéter, como cantante, tecladista y compositor, Miguel Zavaleta dejó un par de hits inoxidables que marcan una época, un contexto, y una actitud descontracturada muy acorde al regreso de la democracia y de la primavera alfonsinista. El lunes 31 se dio a conocer la noticia de su deceso, motivado por un cáncer de huesos que lo venía aquejando desde hacía varios meses.

Miguel Zavaleta sintetizó como pocos ese sentir de mitad de los 80: un rock argentino ya instalado en esquemas de difusión radial desde la guerra de Malvinas, que necesitó “sacarse el mocasín” como bien diría Charly García en Clics Modernos, totalmente desprejuiciado, apostando por modernizarse, por celebrar el baile, en esa bacanal dionisíaca que parecía ser la Buenos Aires de esos primeros años de destape democrático. Años en que desde el under porteño, caótico, contracultural, dark y tóxico, proliferaron bandas que terminarían haciendo historia como Sumo o Soda Stereo.

Cualquier joven argentino proveniente de una familia de buen pasar, en aquellos años 80, corría con la ventaja de sintonizar de manera más fina todas aquellas señales de lo que estaba pasando musicalmente y estéticamente en el mundo. No es casual que una banda como Virus, integrada por chicos de clase media alta, haya sintetizado de manera tan precisa esa estética de lo moderno, que se conjugaba con letras irónicas, ritmos más pop, bailables, maquillajes y raros peinados nuevos. De eso se trataba el nuevo rock que le daba la bienvenida al gobierno democrático de Raúl Alfonsín.

Una de las primeras presentaciones del grupo Suéter, en el Auditorio Buenos Aires (1981)

Al igual que los Moura, Miguel Zavaleta (nacido en 1955 en Barrio Norte, hijo de un prestigioso médico cirujano) había podido viajar a Europa a fines de los 70 y entendía de taquito de qué se trataba esa corriente “moderna” que estaba impregnando al rock vernáculo. En la misma frecuencia, Los Twist, con Pipo Cipolatti, Daniel Melingo y Fabiana Cantilo, ofrecían una dosis de humor irónico, y guiños kitsch a ritmos y a artistas otrora “grasas”. Una corriente bastante opuesta a esa onda más solemne de la trova rosarina de Juan Carlos Baglietto o de la canción de protesta de Piero, León Gieco y Víctor Heredia.

El concepto de “rock” en Argentina en ese 1983 podía abarcar desde Los Twist, al hard rock de Pappo con Riff, pasando por el punk de Los Violadores, o por una Mercedes Sosa que desde su regreso del exilio se animaba a reversionar temas de Charly y de Gieco.

Miguel Zavaleta ya venía integrando grupos desde los 70. Lo más recordado fue su paso como cantante de Bubú, una formación progresiva hoy considerada de culto, a la que él le aportó una recordada dosis de histrionismo y carisma escénico. La creación de Sueter fue su proyecto principal luego de su periplo por Europa, y fue la banda con la que conocería el éxito, que llegaría recién con su segundo disco Lluvia de Gallinas (1984), con el emotivo Amanece En La Ruta y el sarcástico Mamá Planchame La Camisa.

En 1985 editaron 20 Caras Bonitas, con hits radiales como Vía México (sobre la aún inexistente Ley de Divorcio) y El Anda Diciendo. Ahí se concentra la postal de Sueter como banda exitosa, que duró pocos años y, como muchos otros grupos, fue diluyéndose en popularidad en ese difícil contexto de hiperinflación con el que quedó signado el año 1989, un momento difícil para sostener una carrera exitosa como músico de rock, al menos en suelo argentino. Pero así y todo, Zavaleta y Sueter se permitieron hacer un álbum conceptual de ciencia ficción titulado Misión Ciudadano 1, editado en 1987, lo que demostró que Miguel no se tomaba demasiado en serio el éxito de los discos anteriores y era capaz de tirarse a la pileta con una propuesta tan novedosa como anticomercial.

Sueter será recordado fundamentalmente por haber dejado un par de gemas que fueron muy celebradas en esos años. Es imposible hablar del rock de los 80 sin mencionar Amanece En La Ruta, sin dudas “el” tema por el cual Miguel Zavaleta será recordado como un compositor capaz de conmover nuestras fibras más profundas. Ni más ni menos que la historia de un hombre que sufre un accidente en la ruta y narra el momento en que deja este plano, sumado a una hermosa melodía y una irresistible coda/estribillo “¿Dónde voy, dónde estoy? ¿Quién soy yo, qué hora es, dónde estaré?”. Nadie antes había escrito sobre una muerte trágica desde esa perspectiva, que terminó siendo un buen mix entre poesía y pensamiento místico.

A diferencia de algunos “one hit wonder” de bandas olvidables de los 80, Amanece En La Ruta logró ser un clásico en serio al nivel de cualquier tema que hayan hecho Charly o Spinetta en esos años. También marca el lado más dramático y reflexivo de Sueter, que no está de más aclarar, fue una de las bandas que sumó su granito de arena a esa necesidad de baile, diversión y cierto grado de desfachatez que la juventud estaba pidiendo a gritos después de siete años de dictadura, y de tanto rock progresivo y tanto folk acústico.

Miguel Zavaleta supo tener la lucidez y humildad necesarias para observar el panorama musical de las décadas siguientes y mantener cierto perfil más o menos bajo a sabiendas de que el rock estaba tomando otros caminos que ya no sintonizaban con lo que había sido Sueter en los 80. Con una carrera solista discontinua, intercalada con reencarnaciones de Sueter (de las que sobresalió el hoy clásico Extraño Ser), Miguel se mantuvo fuera del rock mainstream pero nunca dejó de curtir el ambiente, y siguió juntándose con músicos de su generación en proyectos como la Ray Milland Band.

A lo largo de los años Zavaleta siempre mantuvo su humor y su mirada aguda sobre la cultura rock. En entrevistas más o menos recientes que se pueden ver por YouTube, Miguel se ha mostrado conforme con el lugar que el rock y la música popular le asignaron, con un pasado de gloria que quedó anclado en los 80, sin mayores prolongaciones, pero que le ha generado una gran satisfacción artística y personal. Por eso supo disfrutar de su propio legado y supo decidir prudentemente cuándo era el momento de estar arriba o debajo de un escenario, o cuándo estar componiendo y grabando, o simplemente manteniéndose a un costado “mirando las ruedas”, como decía John Lennon.

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