Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que escuché música con auriculares. Era una noche fría de julio y mi abuela me había traído algo llamado “celular” de Brasil, con teclado y color morado en su carcasa.
No podía dormir esa noche, entonces enchufé unos cables blancos que van en mis orejas, llamados auriculares. El primer movimiento le erré de oreja, puse el derecho en el izquierdo y viceversa. Una vez acomodado el ritual, puse play a la única canción que tenía en el reproductor: La isla bonita de Madonna.
No voy a olvidar nunca la sensación de estar solo con la canción, y Madonna susurrándome al oído sus desventuras en San Pedro. Recuerdo sacarme los auriculares para chequear si alguien escuchaba lo mismo que yo, como si hubiera tenido una epifanía en mi habitación. Cantar sin voz pero con la pasión intacta, una mímica pasional de una canción pop.
Hoy en día escucho un álbum por día, muchas canciones, playlists eternas, y si me preguntás qué estoy escuchando seguramente no sabría qué decirte. Porque nada me genera lo mismo que esa noche escuchando Madonna. Y eso tiene una sola respuesta: escasez.
En la actualidad, mediante la aplicación verde (o roja, según preferencias), tenemos acceso a toda la música del mundo. Un pasaje en un DeLorean digital a cualquier recoveco recóndito de nuestra historia. No obstante, cuando tenemos todo al mismo tiempo, no tenemos nada.
Escuchamos música como un contador que pasa números del debe al haber. No nos detenemos a sentir el golpe del bombo, la rispidez del cantante en los agudos, el chirrido de los metales en una big band, la grandilocuencia del bajo. Consumimos música, no escuchamos música.
La carrera tecnológica apuesta a una obesidad mórbida de conocimiento y consumo, donde todo es mercantil y todo es líquido. Las recientes innovaciones en inteligencia artificial hicieron esto aún más visible y cínico. Hoy los artistas parecen inmortales: cualquiera puede “hacer canciones” creyendo que tienen alma, y todos somos testigos de cómo se denigra a grandes artistas desarrollándoles obras falsas. Todo con un solo objetivo: aumentar el capital.
Lo paradójico es que esta ilusión de abundancia convive con un dato incómodo: la música que todavía sostiene el trabajo real, humano, no nace de algoritmos ni de grandes corporaciones. A nivel mundial, y también en Argentina, la industria independiente representa cerca del 80% de los nuevos lanzamientos y del empleo en el sector. Es decir, la mayor parte de la música que existe sigue siendo hecha por personas, no por máquinas.
Sin embargo, mientras se clonan voces y estilos, esos mismos artistas reciben migajas. Las multinacionales prometen el mundo y desarrollan carreras a través de técnicas prepotentes de marketing de guerrilla, donde un artista no se alza por su talento sino por la exposición constante de su cara y un jingle repetido hasta el hartazgo, hasta que la gente lo odia tanto que lo consume.
En Argentina, sellos nucleados en A.S.I.Ar sostienen una parte fundamental de la industria: los independientes representan alrededor del 40% del mercado y generan la mitad de los ingresos que recauda Spotify. No son un margen ni un nicho romántico: son el cuerpo real de la música. Y también el más vulnerable cuando todo se desregula en nombre de la “innovación”.
Tal vez por eso Alejandro Varela, presidente de S-Music, planteo, en diálogo con Apolo Magazine, la discusión sin épica tecnológica: “Hay una pelea que quizá ya esté perdida y que la verdadera incógnita no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino cómo responde la sociedad. Qué contracultura se arma. Qué nos divierte. Qué dejamos de disfrutar.” La pregunta, en el fondo, no es técnica: es cultural.
Desde esos mismos espacios independientes se insiste en algo básico, casi obvio, pero cada vez más frágil: la inteligencia artificial no puede existir por fuera del copyright. El entrenamiento de modelos, los resultados, las letras, las imágenes, todo está sujeto a derechos de autor. Sin excepciones. Porque detrás de cada canción hubo una persona, una noche, una pérdida, una epifanía como la que tuve yo con Madonna.
Víctor Yunes, presidente del directorio de SADAIC, lo plantea desde otro ángulo en una entrevista radial: “La inteligencia artificial es una herramienta maravillosa, pero el problema central es quién es el verdadero autor de una obra nacida de obras anteriores. La legislación reconoce autoría a una persona humana. Y ahí aparece algo que excede lo económico: la cuestión moral de la autoría, el alma de la obra.
Estamos perdiendo el alma de las cosas. No es casualidad que lo primero que se haya intentado emular por software haya sido el arte, y no una máquina que haga trámites burocráticos por nosotros. Sin arte la gente no cuestiona; sin música real no se refleja, no se traduce a sí misma, no puede expresar lo que no sabe decir.
Estamos en un momento bisagra de la historia donde ya no depende la firma de ningún burócrata estatal ni las marchas de gremios artísticos, que muchas veces solo generan más apatía, sino de algo mucho más simple y mucho más difícil: la gente.
El salto de fe de los artistas hoy es hacia el público. Dependemos de vos, de cada persona que existe en el mundo, de no dejarse arrebatar el alma ni manipular por el marketing de guerrilla. Vuelvan a la base. Escuchen música real. Vayan a ver shows en vivo. Nutran su alma.
Porque en este terreno sinuoso donde estamos parados, es lo único que nos queda..
IFP









