El uruguayo cerró la gira de “Taracá” en la ciudad después de ocho años.
Lo dijo después de “¿Cómo se ama?”, con el escenario todavía vibrando y el Teatro Radio City con todas las entradas vendidas. Que quedaban unos días antes de Chile, que hacía ocho años que no venía, que alguien decidió que valía la pena. “Y que hayan comprado sus entradas y estemos hoy acá”, dijo, “esto es amor, Mar del Plata”. El público respondió como si lo hubiera estado esperando exactamente eso.
“Taracá” el disco que trajo la gira, el que en diez días lo llevó por Mendoza, Córdoba, Rosario y dos Movistar Arena, es un trabajo construido alrededor del candombe. Eso se sintió en el escenario: la banda no acompaña a Drexler, lo rodea. Cuando llegaron “Telefonía”, “3000 Millones de mis latidos” y el enganchado “Bienvenida/Tamborero” y “Quimera”, la percusión no era ornamento sino arquitectura. El cantante se tomó tiempo para explicar el vínculo, para contar qué es «Taracá» y por qué importa. Fue una de esas raras instancias donde el contexto no interrumpe el show sino que lo profundiza.

En el medio del set, antes de “Polvo de estrellas”, se detuvo: “En tiempos donde el precio del petróleo sube y el precio de la vida baja, agradezco tener estas canciones”. Es que el uruguayo sabe lo que quiere decir y lo anuncia con una elegancia rara en estos tiempos.
“Al otro lado del río”, el Oscar de 2005, la canción que mucha gente en la sala conoce de memoria antes de conocer el resto de su obra, apareció sin estridencias, como una pieza más del set, aunque la sala la recibió como lo que es: el momento en que una canción chica se volvió enorme sin perder su escala original. Antes habían pasado “Te llevo tatuada”, “Las palabras”, “Guitarra y vos”. Después vendrían “Inoportuna”, “Amar y ser amado”, “Movimiento”, “Universos paralelos”, “Tocarte”, “Nuestro trabajo”, “Tambor chico”, “Qué será que es”. Un set sin urgencia de greatest hits, construido como argumento.
“Sea” anunció el final. Los bises llegaron con el cuerpo: “Ante la duda bailá/Bailar en la cueva” primero, “Me hacés bien” y “Todo se transforma” después. Las dos últimas las cantó la sala entera, todos parados y bailando, con la lluvia afuera y el calor adentro. Hubo un momento en que Drexler dejó de cantar y dejó que el público terminara la frase. Esos momentos no se planean. O sí, pero si están bien hechos no se nota.
En algún punto de la noche había dicho algo simple: «Nuestro trabajo es tender puentes entre las personas». La gente salió a la lluvia con eso resonando, sin saber muy bien si era una definición del oficio o una descripción de lo que acababa de pasar.












