La banda de rock and roll oriunda de Quilmes presentó su nuevo EP ante un público que no se quedó quieto.
Entradas agotadas. Afuera, una fila que no era fila: grupos que se reencuentran, risas que se mezclan y esa ansiedad eléctrica de los que saben que algo está por arrancar.
Autos Robados ya juega en esa liga donde las entradas no se compran: se persiguen. No importa cuánto quede en la billetera ese día, hay que estar adentro. En el teatro Vorterix la historia se repitió.
La cita decía 21:00, el show 22:00. Llegué tarde —o eso creí—, pero la marea en la puerta indicaba otra cosa: la noche todavía estaba tomando temperatura. Entre la gente, Cristian, manager de la banda, iba y venía con un Handy, como si ahí se estuviera jugando algo más que un recital.
Adentro, el movimiento era constante: algunos buscando su lugar frente al escenario, otros clavados en la barra como si ese fuera el verdadero punto de partida. De fondo, “Ya no sos igual” de Dos Minutos empezaba a hacer su trabajo: calentar la sangre.
La cortina semitransparente dejaba ver lo justo. Sombras. Siluetas. El sombrero de Nico, las gafas negras de Fede. No hacía falta más: el público ya estaba adentro incluso antes de que empezara.
Cuando finalmente se abre, no hay presentación ni transición amable. Hay impacto.
El show arranca y con él los códigos compartidos: paraguas negros y rojos girando como hélices sobre la gente, banderas que empiezan a aparecer desde distintos puntos, y un coro que no necesita ensayo. La banda toca y la gente responde como si cada tema fuera propio.
“Insisto”, “Perros de la calle”, “Los Ángeles”, “El golpe”. Los hits funcionan como puntos de encuentro, pero no son lo único. Hay algo más pasando ahí: una necesidad de moverse, de encontrarse, de bailar como si afuera no pasara nada.
Y entonces llega “Tus ojos”.
El clima cambia sin volverse frágil. Desde el fondo del lugar empieza a avanzar una bandera gigante que termina cubriendo al público entero, como un techo improvisado de tela y emoción. Por un momento, todos quedan abajo de lo mismo. Y eso, en tiempos como estos, no es poco.
Autos Robados mantiene un perfil bajo. Crecen a pasos agigantados, pero no se la creen. Mientras tanto, los barrios hacen lo suyo: se organizan, viajan, llevan banderas. En Vorterix algo de eso se hizo visible: remeras de fechas anteriores, gorros piluso y, entre pogo y pogo, un ser magnífico vestido de esqueleto agitaba en “El muerto”, justo cuando subió Facundo Soto, líder de Guasones, para sumarse a la fiesta.
Austeros de palabras, sin biri biri ni presentación innecesaria, hacen lo suyo: tocan, arman una fiesta y se van.
Afuera, la noche sigue. Adentro, algo quedó latiendo un poco más fuerte.












