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Lo que el hielo no puede congelar

El Ballet de Moscú trajo El lago de los cisnes sobre hielo sintético al Teatro Roxy. Lo que pasó adentro no necesitó una sola palabra para contarlo todo.

Hay una nena de no más de seis años en la platea que baila. Tiene puesto un tutú blanco que claramente eligió ella, y mueve los brazos con la música de Tchaikovsky sin mirar a sus padres, sin pedir permiso, sin saber que está haciendo exactamente lo que el compositor quería que hiciera su música. Eso pasa en el segundo acto, cuando el motivo de Odette llena el teatro, y en ese momento ya no importa nada más.

El domingo 26 de abril el Ballet de Moscú presentó El lago de los cisnes sobre una pista de hielo sintético instalada en el Roxy. El material, diseñado para replicar el deslizamiento del hielo real sin agua ni energía eléctrica, es el soporte físico de algo que excede con creces su descripción técnica. La compañía es una de cuatro en el mundo que monta esta obra sobre patines, y se nota: no es una adaptación de compromiso sino una reinterpretación que toma la tradición del ballet ruso y la lleva a un lenguaje distinto sin traicionarla.

Los bailarines no son lo que el imaginario del ballet suele proponer. Son hombres altos, de contextura física notoria, que ejecutan saltos sobre patines con una precisión que hace olvidar los patines. La coreografía entiende que el hielo no es un obstáculo sino un argumento: el deslizamiento agrega una dimensión de fluidez que la danza en tierra no puede replicar, y los momentos en que un cuerpo planea sobre la pista antes de un salto tienen algo de sueño que resulta completamente coherente con la historia que se está contando.

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Y la historia es esta: Odette es blanca porque representa la pureza, la moral, el bien. Odile es negra porque representa la seducción, la mentira, la lujuría. El príncipe Sigfrido aprende, tarde y a su costo, que no todo lo que brilla es lo que parece. Sin una sola palabra, en cuatro actos y con la orquesta de Tchaikovsky como único narrador, la obra construye ese arco con una claridad que no necesita subtítulos ni programa de mano.

La música es el personaje más importante del espectáculo. El motivo principal, los temas de cada personaje, la manera en que la orquesta celebra y llora junto al público: todo eso es Tchaikovsky trabajando en un nivel que pocas partituras de la historia pueden reclamar. Hay momentos en que la sala entera parece respirar al mismo ritmo que el foso.

La gente sale conmovida. No es la conmoción del impacto fácil ni del espectáculo diseñado para agradar: es la de haber estado expuesto, durante dos horas, a algo que existe desde mucho antes que uno y que va a seguir existiendo mucho después. La nena del tutú blanco va a escuchar ese motivo en algún momento de su vida, en una película, en una radio, en cualquier parte, y va a sentir algo que todavía no sabe nombrar.

Eso también es parte del show. Quizás es la parte más importante.

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