Con Tracción a sangre adentro, volvieron a Club Tri. Trajeron el material nuevo, una sincronía sin fisuras y un invitado que se tiró al público con pasamontañas. El resto lo puso la sala.
El primer tema empezó antes de que nadie terminara de acomodarse. Sin introducción, sin anuncio: “Mala suerte, varón” y el volumen subiendo de golpe, como si Camionero hubiera decidido que esta noche no habría prólogo.
No era la primera vez en Club Tri. A fines de enero habían sido una fiesta. Esta vez la sensación era distinta desde antes de que arrancaran: el lugar estaba lleno con una tensión específica, la de un público que ya sabe a qué viene y no necesita que le expliquen nada.
“Piedra blanca, sobre piedra negra” apareció temprano y confirmó la dirección del set. Prueba de Contacto no rompe con lo que Camionero construyó antes, lo empuja hacia adelante con más peso, más convicción en cada acorde. Joan Manuel Pardo y Santiago Javier Luis se miraban durante todo el show con una sincronía que no tiene nada de espontáneo: es el resultado de saber exactamente qué va a hacer el otro en cada momento. Esa dinámica es el eje invisible que sostiene todo lo demás.
La gente acompañó sin pausa. No hubo cancelaciones de energía entre canción y canción, el público entró en ritmo desde el primer tema y no salió.
Cuando el show empezó a acercarse al final, “La distancia” cambió la temperatura de la sala. La banda bajó la intensidad sin bajar el volumen: el movimiento siguió, pero la atención se concentró de otra manera. La canción duele de un modo más quieto que el resto del set. Fue el único momento donde la sala pareció contener la respiración.
El cierre llegó con “Lo hago mal, me siento bien”. Ahí subió Gonzalo Varas, de Motochorros, encapuchado con pasamontañas, como si el escenario hubiera absorbido una escena de película punk del conurbano. Se tiró al público sin aviso y quedó suspendido sobre manos que lo llevaron flotando por toda la sala antes de devolverlo al escenario, donde terminó cantando con la banda.
Todavía quedaban canciones. “El español” estuvo entre los últimos momentos del set, pero el final no siguió del todo el plan. Cuando las luces empezaban a encenderse, “Amuletos” apareció como extensión elegida en el momento, no como parte del setlist, sino como gesto. Un cierre que nadie había programado y que por eso mismo fue el más honesto.
En ese último tramo quedó una imagen simple: mientras sonaba la última canción, una pareja empezó a bailar en medio del público, ajena al resto del movimiento alrededor. Bailaban delante mío, como si por un rato quisieran recordarme, sin decirlo, que todavía se puede creer en el amor.












Un Comentario
Buena crónica!!! Se sintio