Hay cantantes y hay cantores. Los primeros tienen técnica. Los segundos hacen que una canción ajena suene como una confesión propia. Calamaro lleva cuatro décadas del lado correcto de esa diferencia.
El blues entra antes que él. Suena mientras la gente todavía busca su lugar, mientras los fotógrafos negocian posiciones y el merch cambia de manos. Una mezcla de edades difícil de ver en cualquier otro show de la ciudad: el pibe de veinte al lado del que tiene cincuenta, la señora que vino sola y el grupo que llegó desde la costa. El Polideportivo de Mar del Plata, con ingreso fluido y el espacio en condiciones, huele a expectativa.
Cuando las luces se apagan, Andrés Calamaro entra al escenario saludando. Sin drama, sin pausa. “Qué alegría estar en Mar del Plata”, dice, y arranca con “Todavía una Canción de amor”, esa joya de Sabina que Los Rodríguez volvieron tan propia que ya no se sabe de quién es. “Carnaval de Brasil”, “Gin Tonic”. La gente canta a full desde el primer acorde. El sonido es medio bola, verdad, pero el estadio no lo nota todavía.
La diferencia entre un cantante y un cantor es la capacidad del segundo de transmitir una identidad, un sentimiento que le pertenece aunque lo haya escrito otro. Calamaro lleva cuatro décadas demostrando que esa diferencia existe, y esta gira se llama “Como Cantor” precisamente para subrayarlo. No viene como rockero ni como compositor ni como ídolo. Viene como cantor. Con toda la amplitud que esa palabra tiene en la cultura rioplatense.
“Pasemos a Otro Tema” recibe una ovación de reencuentro. “Loco” y “Crímenes Perfectos” llegan casi sin pausa, como una sola canción larga. “Señal que te he Perdido” invita a los más jóvenes a descubrir al primer Calamaro solista, y “Te Quiero Igual” los devuelve al que ya conocen. El show avanza con la lógica de una conversación bien llevada: pregunta y respuesta, tensión y alivio.
Pero entonces Andrés empieza a hablar. Y habla. Habla del mundial, de las yerbas canarias, de Guillermo Vilas, de Flavio Cianciarullo, de Alberto Olmedo que murió frente al mar. Dedica el recital a Astor Piazzolla. En las teclas, una chapita en conmemoración a los veteranos de Malvinas del 82.
Hay algo de nono contando anécdotas en todo esto. Algo genuino y algo agotador al mismo tiempo. La gente lo banca un rato. Después empieza a agarrarse la cabeza.
El momento más arriesgado de la noche llega cuando, después de diez minutos hablando de tango, arranca “Garúa”. Piazzolla con voz de Calamaro, en un estadio que vino a pogear. El público se apaga. Parece un karaoke. Todo lo que había construido hasta ese momento se desinfla en ese tema, y hay una grieta breve pero visible entre el escenario y la tribuna.
Pero la máquina sabe cómo volver. “Tres Marías” y “Mil Horas” encienden de nuevo. “Los Ojos” confirma la recuperación. Y cuando llega “Mi Enfermedad”, la gente se vuelve loca. Pogo tranquilo, brazos arriba, un estadio que grita una letra que muchos no sabían que él había escrito. El himno más popular de Calamaro funciona así:
“Estoy perdido porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar“
“Me arde” llega con esos breakdowns de batería antes de explotar el coro. “El Salmón”, que da nombre al quíntuple álbum del 2000, suena como clímax de la segunda mitad. “Palabras más – palabras menos” abre pequeños pogos. Y entonces “Alta Suciedad”, el tema, no el disco: esa letra ácida de 1997 que señalaba algo y hoy lo sigue haciendo: “Alta suciedad, basura de la alta sociedad”, grita la gente mientras saltan y un padre con la nena a upa, auriculares puestos, parado al lado del parlante. Una locura que solo tiene sentido ahí adentro.
“Sin Documentos”, “Paloma”. El estadio convertido en un enorme coro que no mermó en “Flaca”, que arrancó con los acordes del arriero antes de que alguien lo pidiera. Un fan se agarra la cara. No puede creer lo que vio. Se emociona siendo conciente de que este momento lo acompañara toda su vida.
Los bises: “Estadio Azteca”, sin palabras, lo cantan todos. Y “Los Chicos” para cerrar, con imágenes de Malvinas y las abuelas de Plaza de Mayo en la pantalla. El show termina con una música de pasodoble de fondo, el torero, su raíz española. Andrés ondea una capa roja y cada vez que se mueve el estadio grita olé.
“La música me dio muchísimo. Me dio una identidad, un motivo para salir de casa todos los días”, dijo en algún momento de la noche. Lo dice como quien cuenta algo que descubrió hace mucho y todavía le sorprende. A Andrés lo canta el millonario, el laburante y el pobre. Lo cantan todos porque él le canta a lo humano: a la flaca, a paloma, al que está perdido porque el mundo lo hizo así.
Habló mucho, sí. Pero en algún punto de la noche queda claro que hablar también es parte de lo que hace: el nono con sus anécdotas, el torero con su capa, el cantor que necesita que lo escuchen.
“Muchas gracias, hasta siempre”, dijo al final. Y antes de salir, giró hacia la prensa: “Digan que tuvimos un sonido de guitarra estupendo”.
Todo eso transmite el último cantor: la emoción de una despedida. Aunque siempre vuelva.











