Antes del show del viernes en Club Tri, habló con Apolo sobre demos crudas, tapas hechas a pulmón y por qué nunca planificó nada de esto.
Antes de empezar, hay una aclaración que hacer. La foto de perfil de WhatsApp de Abril Olivera no es su perro. Abril Olivera llega por primera vez a Mar del Plata para presentar Río de la Plata, el disco donde el neosoul, el jazz y la bossa nova encuentran una voz propia. Antes del show del viernes en Club Tri, habló con Apolo sobre demos crudas, tapas hechas a pulmón y por qué nunca planificó nada de esto.
Antes de empezar, hay una aclaración que hacer. La foto de perfil de WhatsApp de Abril Olivera no es su perro. Es un perro que vio en Instagram y que la conmovió tanto que decidió apropiarse de la imagen. Su verdadero hijo, aclara entre risas, prefiere mantener un perfil bajo, aunque ya haya actuado en un videoclip. Es un detalle menor, pero dice algo de cómo Olivera se maneja con la exposición: la toma con soltura, sin solemnidad, incluso cuando lo que está por contar es serio.
Y hay bastante para contar. Olivera se convirtió en una de las voces más singulares del R&B en español de la nueva generación, con una trayectoria que empezó como corista, trabajó con Manuel Carbajal y con Nafta, banda de la que forma parte, y llegó a compartir escenario con Trueno, y que hoy la tiene abriendo shows de Tom Misch, Raye, Masego, Kamasi Washington y Snarky Puppy en Buenos Aires. En el medio, un EP debut en 2019, el álbum ABRIL en 2023 con colaboraciones de Fito Páez y Acus, y ahora Río de la Plata, el disco que la trae este viernes 18 de septiembre a Mar del Plata por primera vez, a las 20 en Club Tri.
La devoción por la música, dice, nunca tuvo forma de plan de carrera. “No sé si soy melómana, pero sí soy una apasionada. No sé si conozco tanto repertorio por fuera de los estilos que me mueven, pero cuando me gusta algo entro muy profundo y me meto con toda.” Esa intensidad selectiva, no la acumulación enciclopédica, sino la inmersión total en lo que la atraviesa, es la clave para entender un disco que suena a jazz y a soul sin sonar nunca a ejercicio académico.
La gira la trajo por La Plata, San Luis, San Juan, Montevideo, Córdoba y Rosario antes de llegar a la costa. De Córdoba y Rosario habla con cariño particular, “me encantan por la onda de la gente”, pero de Mar del Plata y Tandil no tiene referencia previa. Nunca tocó ahí. “Vamos a ver con qué me encuentro”, dice, y no suena a frase hecha: en una gira que ya recorrió casi todo el mapa, la costa atlántica sigue siendo territorio desconocido.
La tapa de Río de la Plata, esa imagen que parece una luna pero no lo es, una iluminación sobre agua, tiene una historia de producción bastante menos etérea que el resultado final. “Muchas cosas las grabamos en el río literal. Esta foto no la pudimos lograr en el río, entonces la hicimos en una pileta”, cuenta Olivera.
La sacaron con una Hasselblad, cámara analógica de disparo lento, en pleno octubre. “Me cagué de frío”, admite. El arte con tela que aparece a contraluz lo hizo Julieta Duch; la foto, Eugenio Quiroga, director creativo de todo el proyecto visual y, aclara Olivera sin vueltas, su pareja desde hace diez años. “Si no, no me aguanta”, bromea. Ambos discos de Olivera disponibles en vinilo tienen tapas fotografiadas en analógico, una decisión que para ella no es capricho estético sino textura: “le da como una textura muy linda al arte impreso”.
Esa lógica de vinilo, de lado A y lado B, atraviesa también la escucha del disco, y no es casualidad. “Siempre que grabé los dos discos los grabé con una cantidad de música par, para tener lado y lado. Cuando grabé el disco no pensaba ‘este lado A va a estar mejor que el B’, pero un poco sí, en el inconsciente, siempre estuvo esa fantasía de poder editarlos” en formato físico. El primer disco tiene ocho temas; el segundo, diez.
El quiebre entre los dos lados es deliberado y se siente. El lado A construye un neosoul con identidad propia, cargado de producción, hasta que llega “Cuerpo contra cuerpo” y todo se despoja: es la demo original, grabada en el estudio a orillas del río, con las voces captadas al aire. Olivera probó reproducir esa versión con más elaboración y no pudo.
“Tenía la canción hiperproducida, ya digerida, pero me gustaba ese demo que tenía ese lead que lo grabé cuando estábamos en el estudio sobre el río. Algo del audio está crudo, muy despojado de producción. No lo podía volver a replicar.” Fue, dice, “un lindo cierre para un lado A que estaba cargado de data, y una transición para un lado B más funquero y más fuerte”. Ese lado B arranca arriba, con talk box a lo Silk Sonic y con un sample que remite tanto a D’Angelo como a una salsa a la Nathy Peluso, antes de bajar a la intimidad casi de real book de “Beso eterno” y cerrar en un outro ambient que tararea, de nuevo, esa misma melodía.
Cuando compone, Olivera no piensa solamente en su propia voz. “Hay melodías del disco que, cuando las grababa, decía: uy, cuando las cante en vivo, ¿cómo la voy a sentir? Y dicho y hecho.” También piensa en otras intérpretes: “me escuchan muchas cantantes, entonces cuando grabo las melodías pienso: ay, qué linda le va a quedar esta melodía a otra cantante.” No arma la canción pensando en quién más podría cantarla, eso, aclara, no tan literalmente, pero cuando llegan covers ajenos, a veces siente que el tema encontró mejor dueño: “mamita querida, el tema es tuyo, no es mío.”
Esa manera de entender la música como territorio compartido conecta con algo más grande que Olivera identifica con precisión: el crecimiento de una escena de R&B y soul en español en Argentina, que ella ubica en el circuito de jams, la Afro Mama Jam primero, ahora también la Cindy Cat Jam, y en la que sitúa a Nafta como un fenómeno unificador. Varios de sus colegas más cercanos, cuenta, vienen militando esos géneros desde hace más de diez años, muchos de ellos desde Venado Tuerto. “Se está rearmando una escena, y es una escena muy amable, de la cual me encanta formar parte.”
De las jams habla con una honestidad que no suena ensayada. De más joven, dice, era “re mandada”, hoy se define como mucho más tímida, algo que le resulta paradójico, pero durante toda su juventud las jams fueron el centro de su vida: dos años seguidos yendo todos los domingos, sin falta, desde que terminó el colegio hasta que terminó el conservatorio.
No había, insiste, ningún cálculo de carrera detrás. “No me imaginaba en otro lado que no sea escuchando música en vivo. Fue mi motor.” De ahí salió una red de vínculos que valora más que los contactos de industria: “colegas y contactos que no tienen que ver con el negocio de la música sino con el arte, que me parece mucho más poderoso”.
Sobre la experiencia misma de subirse a improvisar, la define con una imagen que funciona casi como declaración de principios: “es algo reíntimo cuando un cantante se sube a una jam a cantar. Es como que te están un poco mostrando el alma.” Y describe la mezcla exacta de miedo y enganche que eso produce: “siempre fue superintimidante, pero cada vez que lo hacía ganaba como cierto musculito. Es esa adrenalina un poco adictiva: una vez que la empezás a hacer, tenés ganas de subirte de nuevo.”
Esa misma honestidad emocional convive, en el disco, con una escritura melódica que no busca exhibir complejidad por sí misma. Olivera reconoce la deuda con el jazz fusión, “debo haber escuchado Snarky Puppy por lo menos una vez en la vida”, pero es categórica respecto de sus prioridades: “no me interesa ser la más datera del mundo. Simplemente hago canciones e intento que se escuche algo de la musicalidad.” Los estribillos, dice, son deliberadamente simples, populares, sin ninguna pretensión armónica adicional. “Dentro de la simpleza también hay belleza, y hay que saber hacer algo bello con lo simple. A mí eso me encanta.”
Lo visual funciona con la misma lógica de fidelidad a cada canción, no a un concepto general impuesto de antemano. “Elegí hacerles video porque estaba enamorada de la canción y quería darle un marco distinto para que destaque.”
Desde que empezó a lanzar temas, todo el trabajo audiovisual lo hace junto a Eugenio Quiroga. “Juntos armamos este proyecto donde él se puede desarrollar con lo visual y yo con lo musical, y cada uno va armando la estética de este hijo nuestro.” De ahí que el blanco y negro atemporal de “Arrancarte el corazón”, el aire Hitchcock y de cómic urbano de “A la salida”, y el technicolor sesentero de “Acuerdo” convivan en un mismo disco sin sentirse dispersos: cada canción propuso su propio marco, y ella y Quiroga se lo dieron.
En vivo, el disco necesitó su propio proceso de maduración, y esta vez fue más metódico de lo habitual en ella. “Vengo más de la escuela de la improvisación, con un ensayo nos vamos a entender”, pero para presentar Río de la Plata, el director musical Martín Allende decidió ensayar siete u ocho veces. “Para mí es mucho”, admite, aunque el resultado la convenció: para el show de presentación en Niceto, ya estaba maduro. Sobre cuándo un tema deja de crecer, tiene una convicción clara: “nunca deja de madurar, y cuando ya no madura más, hay que dejar de cantarlo. Eso también es un hecho.”
Lo que viene, después de esta gira, es un disco en vivo, Abril Olivera en vivo en Buenos Aires, grabado en Niceto con selección de canciones de ambos álbumes, y después, una pausa. “Me frite, la verdad. Son muchas cosas, me cansa.” En su casa, dice, valora el silencio, aunque no lo consiga demasiado: se obsesiona con una melodía y la repite mientras prepara un café hasta que alguien, su hermana, generalmente, le pide que cierre el pico un rato. Si no hiciera música, dice sin dudar, sería psicóloga.
El consejo que deja para las cantantes jóvenes que la escuchen es breve y sin vueltas: no fumar, dormir bien, tomar agua. Simple, como sus estribillos. El viernes, arriba del escenario de Club Tri, se va a encontrar por primera vez con un público que hasta ahora solo la escuchó grabada. Ella también se va a encontrar, por primera vez, con Mar del Plata.










